Dirección política u orientación ideológica del movimiento obrero

Lo que más preocupa a los partidarios de la organización obrera, cualquiera que sea su tendencia política o doctrinaria, es el problema de la dirección de los sindicatos. De ese punto de partida, por las distintas direcciones que toma el proletariado, y por los antagonismos que provoca la bifurcación del moderno movimiento sindical en tendencias opuestas depende no solo la trayectoria de la lucha sobre el plano económico, sino que también el propio significado social de cada conquista de la clase trabajadora organizada. No es fácil sin embargo, dar una solución adecuada al problema de la dirección del movimiento obrero. Los partidos políticos tratan de aplicar su disciplina al sindicato, pero excluyendo al mismo tiempo de ellos todo motivo de divergencia doctrinaria, con lo que consiguen únicamente rodear al proletariado con la vieja muralla autoritaria y crear reglas funcionales copiadas al estado, para regir la conducta de todos los obreros conforme a un absurdo principio mecánico. Y como la jerarquía de los comités se afianza en el espíritu de disciplina de la masa y toda opinión independiente se ahoga con votos de mayoría incapacitada para esa necesaria función del pensamiento, resulta que la orientación del movimiento obrero depende de circunstancias fortuitas o de intereses casi siempre opuestos al interés de la clase trabajadora. El problema de la dirección de los sindicatos es un problema de orientación doctrinaria, con esto queremos decir que los partidos políticos, por lo mismo que subordinan su doctrina a la estrategia partidista y la reducen siempre a una precaria interpretación de intereses inmediatos, no pueden dirigir al movimiento conforme a principios éticos, opuestos al oportunismo parlamentario y a la ilusión reformista. Menos pueden, pues, los sindicatos neutros, con su teoría del menor esfuerzo, canalizar las fuerzas del proletariado de acuerdo con una dirección contraria a las corrientes del marxismo o a los imperativos económicos de la burguesía, ¿consiguen realizar sus propias ideas los anarquistas, o identificar con ellas a los trabajadores organizados, prescindiendo de toda la propaganda que plantee en el sindicato una divergencia de convicciones, de actividades y de formas de encarar la lucha contra el capitalismo y el Estado? No diremos que el anarquismo deba plantear en los sindicatos una competencia a los partidos políticos para asumir nosotros la tarea de mantener la disciplina sindical y hacer observar a los obreros todas las formas funcionales de la organización. Queremos únicamente demostrar que el movimiento obrero no se rige por normas mecánicas, ni mucho menos por una conciente soberanía, aun cuando la forma de su funcionamiento de ajuste a reglas democráticas, y que los trabajadores, u obran movidos por sus opiniones políticas o se dejan gobernar por los jefes mas prestigiosos para destruir la disciplina sindicalista y hacer de cada sindicato una personalidad colectiva bien determinada , es necesario sujetar la dirección de los órganos sindicales a un proceso de libres discusiones sobre la orientación del movimiento obrero. Y en el choque de tendencias antagónicas, que se dividen las corporaciones disciplinadas contribuyen en cambio a ser mas homogéneas la lucha de los trabajadores, encontraremos los anarquistas la base de la verdadera actividad revolucionaria en el seno del proletariado militante.

Emilio López Arango

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